sábado, 8 de agosto de 2009

VIAJES: Vivir en Provenza


A finales de los noventa, un plan de año sabático me llevó por varios meses a Avignon, Francia. Aunque el trabajo académico era arduo, en ese otoño del '97 tuve la oportunidad de escapar a algunos otros parajes del sur de Francia, llegando hasta Marsella y Toulouse. En lo personal, ésta ha sido una de mis experiencias más memorables y, aunque en viajes más recientes he recorrido otras regiones de Francia, sigo prendada de la imponente belleza de la provenza, a la que anhelo volver en un futuro otoño, mientras organizo mi nueva vida después del retiro.

Avignon fue sede papal durante casi setenta años. Cuando la situación política lo permitió, el Papado se trasladó nuevamente a Roma, dejando como testimonio de su paso por Avignon no sólo el palacio (Palais des Papes) sino muchas otras edificaciones de carácter religioso, a uno y otro lado del río Ródano. Yo vivía en un sencillo pero confortable aparthotel, a pocas cuadras de la antigua residencia papal.


El primer domingo de mi estadía allí me sorprendió el maravilloso tañido, proveniente de varios campanarios, llamando a los feligreses. Era un sonido envolvente, que llenaba el espacio en todas las direcciones. Me asomé a la ventana de mi pequeño apartamento, tratando de asociar el sonido con alguna torre o edificación particular, pero no encontré una imagen que le hiciera justicia. Fue la primera vez, durante ese viaje, en que cerré los ojos y respiré muy hondo, tratando de grabar
en mi memoria la magia de ese instante. Por esos días escribía:
"En este momento escucho campanadas por todas partes ... y me produce la sensación de un viaje a través del tiempo, hacia el Medioevo, que en esta ciudad está presente en todos lados... en el Palacio de los Papas ... en la muralla que rodea la ciudad "
A diferencia de muchas otras ciudades amuralladas, de las que sólo se conservan algunas puertas (y a veces sólo el nombre que esa entrada tenía), la muralla
de 5 km de largo que protegía a Avignon en tiempos medievales, se conserva perfectamente hasta nuestros días.

Mis primeros recorridos turísticos me llevaron a conocer la Provenza Romana (y su emblemático acueducto, el Pont du Gard), el Lubéron (con la Abadía de Senanque -foto-, Gordes y Roussillon) y Les Alpilles (desde St. Rémy-de-Provence hasta Les Baux y Fontvieille). En los largos trayectos de regreso a Avignon, sólo el monótono zumbido del autocar alteraba la paz del paisaje. Entonces me invadía el deseo de detener el bus, bajarme para que continuara su viaje sin mí, y quedarme allí a solas, con el silencio y el paisaje como única compañía. En mis cartas de entonces, comentaba:
"Cada día descubro cosas que están allí a diario pero que uno no logra apreciar sino después de cierto tiempo. Yo creo que si hubiera hecho este viaje hace 10 años, habría tenido más energía para recorrer tantos sitios hermosos, pero tal vez no habría tenido el "paladar" para apreciar no sólo el paisaje, los colores, es decir lo que está a la vista, sino las fragancias, a lavanda y menta, y sobre todo la quietud, ese silencio apacible que estimula los demás sentidos. A veces provoca cerrar los ojos y dejarse envolver por lo que nos rodea, para que la historia de cada lugar nos impregne de vivencias y nos enriquezca con un aroma y un calor diferentes, más profundos, más intensos y más definitivos"
Todos los días laborables me tocaba tomar dos buses para llegar al Laboratorio de Biometría del INRA, a las afueras de Avignon. Al bajar del segundo autobús, todavía debía caminar unos diez minutos entre las altas murallas de pinos perfumados que sirven de defensa natural contra el Mistral, viento frío y seco que azota con fuerza en el valle del Ródano. A medida que el otoño avanzaba y las hojas de los árboles cambiaban de color antes de caer, el olor de la vegetación se hacía más intenso.

Terminaba mi estadía en Avignon y aun le debía una visita al Palais des Papes. Aunque su vista exterior sigue siendo imponente, dentro poco queda de su antiguo esplendor. Durante la revolución (que marcó el fin del período monárquico) el palacio se convirtió en cuartel, y un tosco friso cubrió en sus paredes cualquier vestigio que pudiera revelar la alta investidura de sus primeros ocupantes; apenas un pequeño trozo de mural, expuesto al desprenderse parte del friso, permite al visitante imaginar cómo fueron en su tiempo aquellas estancias. Pero hay algo que justifica sobradamente una visita al palacio: la vista desde su azotea. No recuerdo un atardecer más hermoso. El incipiente invierno se llevaba con rapidez las cálidas tonalidades del sol, y sólo el horizonte se resistía al embate del frío y la oscuridad. Era mi última tarde en Avignon, y esa imagen fue mi regalo de despedida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario