martes, 18 de agosto de 2009

VIAJES: La Ciudad Rosada


Toulouse es una de las ciudades más hermosas que he visitado y me sorprende que rara vez se incluya en los circuitos turísticos, excepto mediante visitas a su industria aeronáutica y espacial (La Aerospatiale) o a un parque de atracciones sobre el tema (La Cité de L'space). Sin embargo, ha sido clasificada como Ciudad del Arte y la Historia por el gobierno francés, tiene un importante patrimonio arquitectónico de estilo románico, gótico y renacentista, y está enmarcada por el río Garona y otras vías fluviales que reflejan su gran belleza. La foto muestra el Canal du Midi, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

En el otoño del '97 tuve la oportunidad de visitarla por una semana, aprovechando que algunos colegas de la facultad se encontraban allí durante su año sabático. Pasado el fin de semana, volvieron a sus quehaceres y quedó por mi cuenta el resto del recorrido. Este es el tipo de turismo tranquilo con el que se puede conocer más y aprovechar al máximo la estadía, sin las carreras de un
tour programado.

Mi punto de partida fue la Plaza del Capitolio. Ya la había visto de noche, frente al Ayuntamiento artísticamente iluminado, nada más llegar en tren desde Avignon. Sin lugar a dudas, Francia es un país bello de día y de noche, y tener una primera visión nocturna de Toulouse sirvió de abreboca para lo que vería a plena luz solar. Con su fachada bicolor, el Capitole nos introduce a los tonos rosados que predominan en el centro histórico de la ciudad y que se manifiestan en el célebre puente (Pont Neuf) sobre el río Garona, maciza estructura de ladrillo y piedra de belleza comparable a los monumentos que la rodean.

Cruzando el jardín al este de la Plaza del Capitolio está el Donjon, antiguo archivo municipal donde se encuentra actualmente la Oficina de Turismo, la mejor fuente de recursos para una provechosa visita individual. Provista de una pequeña guía ilustrada y un calzado cómodo, inicié mi caminata a través de las calles adoquinadas. Me imaginé a un joven latinoamericano hospedado en algún pequeño apartamento mientras cursaba estudios universitarios, inmerso en una cultura distinta y sujeto a sus raíces mediante periódicas cartas y llamadas telefónicas. ¿Qué efecto tendría en su vida esa estadía? ¿Qué huella dejarían tantos siglos de historia y arte a su alrededor?

Durante varios días me dediqué a apreciar la arquitectura, visitar algunos museos y respirar un poco del ambiente de la ciudad. Cuando viajamos acompañados, hablamos mucho y perdemos detalles; cuando lo hacemos solos, escuchamos más, aguzamos los sentidos y nos volvemos permeables a lo que nos rodea.

Toulouse tiene verdaderas joyas de arte románico (testigos del paso de los peregrinos en el Camino de Santiago) como la Basílica de Saint-Sernin, y obras maestras del arte gótico como la Iglesia y Claustro de los Jacobins. En el Museo de los Augustins se exhiben obras de escultura y pintura del siglo XIX, además de pintura tolosana de los siglos XVII y XVIII, sin contar las exposiciones itinerantes. En cualquier sala nos podemos topar con jóvenes cursantes de arte, plasmando en las trazas de un boceto su visión de la obra objeto de estudio.

Al final del día, por muy íntimo y provechoso que haya resultado el paseo, anhelamos de nuevo la compañía de los amigos. Allí están, en uno de los muchos cafés que rodean la Place du Capitole, esperando oír un recuentro de los sitios visitados. Se sorprenden con algunos relatos (nuestra pequeña guía ha dado sus frutos), y hasta proponen alargar la estadía. No es posible, me espera trabajo en Avignon. Llega el invierno y retorno a Venezuela antes que el frío se instale en mi alma de viajera entusiasta.

He visitado Francia varias veces y espero regresar algunas más. No es difícil volver a visitar París, porque nos queda en camino de muchos otros destinos. Toulouse, en cambio, requiere su propias agenda. Sigo pensando que merece un lugar en las giras turísticas europeas. El viajero que quiera descubrir en el viejo continente capítulos cruciales en la historia de occidente, encontrará a orillas del Garona un tesoro artístico de inmenso valor.

lunes, 10 de agosto de 2009

LIBROS: Twilight desde una Visión Adulta


El fenómeno Twilight, creación de la escritora estadounidense Stephenie Meyer, empezó con la publicación de los 4 libros de la saga entre 2005 y 2008, y alcanzó niveles insospechados a partir de noviembre de 2008, con el estreno de la película sobre el primer libro de la serie. El éxito mundial de taquilla aceleró la filmación de su secuela New Moon (cuyo lanzamiento está previsto para noviembre de 2009), a la que seguirán en rápida sucesión las versiones cinematográficas de los dos últimos libros: Eclipse y Breaking Dawn.

Etiquetado para el público juvenil,
Twilight cuenta la historia de amor entre una humana adolescente (Bella Swan) y un vampiro centenario (Edward Cullen) eternizado con la apariencia de un chico de 17 años, edad que contaba cuando fue transformado. Si bien el tema fantasioso parece cuadrar mejor con el gusto adolescente, la historia cuenta con elementos que han atraído al público de todas las edades desde tiempos remotos: un amor imposible y apasionado, que logra vencer obstáculos (en este caso, tanto humanos como sobrenaturales), atrapando al lector en un relato fascinante, aunque no suficientemente "oscuro" para los puristas del género vampiresco.

Los personajes principales están retratados en forma muy convincente:

Con escasos 17 años, Bella es madura, responsable, está dispuesta a cualquier sacrificio por el bien ajeno y piensa en los demás antes que en sí misma con un sentido protector tan desarrollado que la convierte en escudo de la familia. Es un ser aparentemente débil (en comparación con los extraordinarios poderes vampíricos), cuya verdadera fortaleza radica en una valentía, desprendimiento y resolución a toda prueba. Ve en Edward el centro de su universo, y cuando los hechos imponen su separación del vampiro que la ama pero con quien corre el riesgo de morir, súbitamente se enfrenta a una vida vacía y carente de sentido, hasta que su amigo Jacob, descendiente de una ancestral tribu quileute, emerge con la energía de un nuevo sol para arrancarla del oscuro foso en que ha sumido su penosa existencia. Se crea entre ambos un fuerte nexo que, a la vuelta de Edward, completa el triángulo amoroso.

Edward es el personaje creado para adoración de todas las mujeres, jóvenes o maduras. Fue convertido en vampiro contra su voluntad y, aunque eso lo salvó de morir, detesta la transformación que lo ha privado para siempre de su condición humana, del calor corporal y del latido de su corazón. Vive un conflicto interior entre su naturaleza sensible (el
talento musical es una de sus expresiones) y la insaciable sed de sangre humana, a la que debe renunciar para posibilitar cierta convivencia con seres humanos. Su amargo siglo de existencia (que él describe como una noche eterna) da un giro inesperado cuando reconoce en Bella a su amor predestinado, y se desatan en él fuerzas contrapuestas que sacuden la vida solitaria y predecible que había construido. Repentinamente, es un adolescente que descubre el poder incendiario de los celos y la atracción irrefrenable de una pasión desconocida. Pero, por encima de esas nuevas sensaciones que lo aturden, debe proteger a su amada de los riesgos que conlleva su cercanía a la especie vampírica, aunque ello signifique apartarla de él.

Los
peligros concernientes están muy bien expuestos en la saga, para deleite del lector masculino y para que las lectoras alberguemos cierta duda razonable respecto a que la historia pueda alcanzar, finalmente, un desenlace romántico. Incluso para ese esperado final van surgiendo diversas opciones: ¿Bella se volverá vampiro para asegurar su inmortalidad junto a Edward a pesar de la resistencia de éste a despojarla de su humanidad?, ¿Podrá Edward adaptar su existencia a los límites humanos de su amada? ó ¿Triunfará Jacob en su lucha por convencer a Bella que puede tener su amor sin sacrificar su naturaleza humana, su familia y el mundo en que ha crecido?

Esta última opción cobra fuerza a medida que se desarrolla el personaje de Jacob, quien inicialmente es un sonriente jovencito de 16 años, deslumbrado por la bella chica recién llegada a la
nublada y húmeda localidad de Forks, en el estado de Washington, y a través de la historia se va transformando en un hombre (de hecho, un hombre-lobo) fuerte y decidido. Su paso a la condición de licántropo genera cambios importantes en su relación con Bella, quien ve surgir en él una nueva naturaleza, sombría e inestable, pero también un amor profundamente leal y un desesperado sentido de protección hacia ella. No debe ser fácil elegir entre un vampiro y un hombre-lobo pero, dejando a un lado este marco de ficción, no debe ser nada fácil elegir entre dos propuestas de amor tan auténticas y, menos aún, entre dos seres tan convencidos de que su destino está atado, inexorablemente, a la mujer por cuyo amor pelean. A pesar de su rivalidad, los principios de Edward y el retorcido humor de Jacob van tejiendo entre ellos un vínculo sorprendente. Bella decidirá a cual de los dos quiere unir su destino, pero una parte esencial de su ser estará ligada al futuro del otro.

Hay un cuarto personaje clave en la historia: Carlisle es el jefe de los Cullen, un clan de vampiros que se abstienen de beber sangre humana, gracias a lo cual logran interactuar con los que, en otro caso, serían su alimento. Bajo la influencia de Carlisle, la familia Cullen se mantiene unida frente a las amenazas de su propia especie y de otros enemigos naturales, logra un pacto de convivencia y cooperación casi impensable con los hombres-lobo y, por si todo esto fuera poco, consigue un triunfo de la razón sobre la fuerza que (nuevamente) decepcionará a algunos seguidores del mundo de los no-muertos, pero para millones de lectores es consecuente con la evolución de la historia, desde la primera hasta la última página. En síntesis, un ser puede conservar intactos sus valores, aunque deje de ser humano.

Supongo que esta reseña no le aguará la fiesta a aquéllos que aun no han leído Twilight (lo que normalmente se advierte a priori como un spoiler). Por el contrario, espero que otros adultos rehusen, como yo, las etiquetas que pretenden reservar este tipo de historias al público adolescente, y se sumerjan sin prejuicios en una versión cautivante y distinta del irresistible género romántico
.

sábado, 8 de agosto de 2009

VIAJES: Vivir en Provenza


A finales de los noventa, un plan de año sabático me llevó por varios meses a Avignon, Francia. Aunque el trabajo académico era arduo, en ese otoño del '97 tuve la oportunidad de escapar a algunos otros parajes del sur de Francia, llegando hasta Marsella y Toulouse. En lo personal, ésta ha sido una de mis experiencias más memorables y, aunque en viajes más recientes he recorrido otras regiones de Francia, sigo prendada de la imponente belleza de la provenza, a la que anhelo volver en un futuro otoño, mientras organizo mi nueva vida después del retiro.

Avignon fue sede papal durante casi setenta años. Cuando la situación política lo permitió, el Papado se trasladó nuevamente a Roma, dejando como testimonio de su paso por Avignon no sólo el palacio (Palais des Papes) sino muchas otras edificaciones de carácter religioso, a uno y otro lado del río Ródano. Yo vivía en un sencillo pero confortable aparthotel, a pocas cuadras de la antigua residencia papal.


El primer domingo de mi estadía allí me sorprendió el maravilloso tañido, proveniente de varios campanarios, llamando a los feligreses. Era un sonido envolvente, que llenaba el espacio en todas las direcciones. Me asomé a la ventana de mi pequeño apartamento, tratando de asociar el sonido con alguna torre o edificación particular, pero no encontré una imagen que le hiciera justicia. Fue la primera vez, durante ese viaje, en que cerré los ojos y respiré muy hondo, tratando de grabar
en mi memoria la magia de ese instante. Por esos días escribía:
"En este momento escucho campanadas por todas partes ... y me produce la sensación de un viaje a través del tiempo, hacia el Medioevo, que en esta ciudad está presente en todos lados... en el Palacio de los Papas ... en la muralla que rodea la ciudad "
A diferencia de muchas otras ciudades amuralladas, de las que sólo se conservan algunas puertas (y a veces sólo el nombre que esa entrada tenía), la muralla
de 5 km de largo que protegía a Avignon en tiempos medievales, se conserva perfectamente hasta nuestros días.

Mis primeros recorridos turísticos me llevaron a conocer la Provenza Romana (y su emblemático acueducto, el Pont du Gard), el Lubéron (con la Abadía de Senanque -foto-, Gordes y Roussillon) y Les Alpilles (desde St. Rémy-de-Provence hasta Les Baux y Fontvieille). En los largos trayectos de regreso a Avignon, sólo el monótono zumbido del autocar alteraba la paz del paisaje. Entonces me invadía el deseo de detener el bus, bajarme para que continuara su viaje sin mí, y quedarme allí a solas, con el silencio y el paisaje como única compañía. En mis cartas de entonces, comentaba:
"Cada día descubro cosas que están allí a diario pero que uno no logra apreciar sino después de cierto tiempo. Yo creo que si hubiera hecho este viaje hace 10 años, habría tenido más energía para recorrer tantos sitios hermosos, pero tal vez no habría tenido el "paladar" para apreciar no sólo el paisaje, los colores, es decir lo que está a la vista, sino las fragancias, a lavanda y menta, y sobre todo la quietud, ese silencio apacible que estimula los demás sentidos. A veces provoca cerrar los ojos y dejarse envolver por lo que nos rodea, para que la historia de cada lugar nos impregne de vivencias y nos enriquezca con un aroma y un calor diferentes, más profundos, más intensos y más definitivos"
Todos los días laborables me tocaba tomar dos buses para llegar al Laboratorio de Biometría del INRA, a las afueras de Avignon. Al bajar del segundo autobús, todavía debía caminar unos diez minutos entre las altas murallas de pinos perfumados que sirven de defensa natural contra el Mistral, viento frío y seco que azota con fuerza en el valle del Ródano. A medida que el otoño avanzaba y las hojas de los árboles cambiaban de color antes de caer, el olor de la vegetación se hacía más intenso.

Terminaba mi estadía en Avignon y aun le debía una visita al Palais des Papes. Aunque su vista exterior sigue siendo imponente, dentro poco queda de su antiguo esplendor. Durante la revolución (que marcó el fin del período monárquico) el palacio se convirtió en cuartel, y un tosco friso cubrió en sus paredes cualquier vestigio que pudiera revelar la alta investidura de sus primeros ocupantes; apenas un pequeño trozo de mural, expuesto al desprenderse parte del friso, permite al visitante imaginar cómo fueron en su tiempo aquellas estancias. Pero hay algo que justifica sobradamente una visita al palacio: la vista desde su azotea. No recuerdo un atardecer más hermoso. El incipiente invierno se llevaba con rapidez las cálidas tonalidades del sol, y sólo el horizonte se resistía al embate del frío y la oscuridad. Era mi última tarde en Avignon, y esa imagen fue mi regalo de despedida.

Sobre disfrutar ...

¿Qué hacemos en nuestro tiempo libre? ¿Cuáles actividades satisfacen nuestra búsqueda de entretenimiento y placer? ¿La lectura, la música, una buena película? ¿Las disfrutamos solos o acompañados? ¿Cuáles lugares visitamos y qué impresión y recuerdos nos dejan los viajes?

La lectura es maravillosa. Mucha gente lee, pero es sorprendente que tántos limiten sus comentarios a un simple "me gustó" o "no me gustó". E
n internet hay foros que no pasan de allí: es un intercambio entre gente que ya leyó la obra y no siente la necesidad de ahondar en detalles. Por suerte, algunas veces el lector se refiere a una historia con tanto entusiasmo que es posible captar, aunque sea en esencia, la fuerza del relato y el sentido de cada personaje. Además, es difícil contar lo que hemos leído sin que las propias emociones maticen el trabajo de un autor.

La música es una especie de lectura a través del sonido. Basta escuchar unas notas, incluso sin letra que las acompañen, para crearnos un estado de ánimo que a un libro le llevaría varias páginas conseguir. En el mundo del cine abundan los ejemplos de bandas sonoras tan impactantes que pasaron a ser lo más memorable de la película.

El séptimo arte, por su parte, es una forma de relato con apoyo de la imagen y el sonido. Usamos menos la imaginación (al menos en lo visual), pero una buena historia, contada en sólo dos horas, puede causar un efecto profundo y perdurable, tanto si retrata algo familiar que remueve las propias vivencias, como si nos lleva a una situación desconocida e intrigante.

Nada como un viaje para transformar una fantasía en realidad. Podemos leer mucho sobre Nueva York o París, ver
muchas veces sus imágenes en fotos, cine o televisión, pero la sensación de estar allí, pisar sus calles, visitar sus museos y mezclarse con sus habitantes es, simplemente, diferente a cualquier cosa que hayamos imaginado previamente. Y la percepción de un mismo destino es distinta para cada viajero e, incluso, para una misma persona en diferentes etapas de su vida.

La huella que dejan en nuestra vida las actividades que hacemos por placer podría medirse a través de nuestros comentarios, y el efecto que éstos tengan en quienes los reciben. Esa es la idea detrás de este blog. Veamos cómo prospera.